la mafia no descansa

Cusco: Viaje al corazón del Ausangate

Publicado: 2019-09-12

Comenzó un vasto silencio. Pude escuchar el paso de los siglos en él. Habíamos remontado una curva y una tropilla de vicuñas atravesó la carretera, su fino pelaje relucía con la nueva luz del amanecer. Miré hacia atrás, mis compañeros Shirley y Ricardo dormían profundamente. De pronto, asomaron los picos más imponentes de la Cordillera de Vilcanota, entre ellos, el Ausangate (6.372 m.), la montaña más alta del Cusco y, de hecho, el Apu tutelar de esta región. Abajo, una laguna reflejaba un celaje recién estrenado. Hacia una hora que no veíamos personas, ni vehículos. Le dije a Leoncio que se detuviera. Lo hizo. Y nos quedamos en silencio. Las palabras sobraban, solo iban a deteriorar la perfección de ese momento épico.

Laguna de Sibinacocha, la gigantesca laguna glaciar que es el corazón del ACR Ausangate. Foto: Ricardo Ramos

Dos días antes habíamos aterrizado en el Cusco, y tras recorrer un rosario de agencias de turismo, vimos que solo un puñado ofrecía la ‘vuelta al Ausangate’, trek que antes tenía más jale. Pero para los que quieran disfrutar de este paisaje extremo en condiciones no tan extremas como latear durante seis jornadas con poco oxígeno, mucho sol durante el día, y mucho frío por las noches, no había alternativas viables. Este artículo intenta demostrar el enorme potencial que tiene la futura Área de Conservación Regional Ausangate, una joya en bruto del turismo de naturaleza que está conformada por los nevados Cayangate, Tacusiri, Surimani, Qolpacunca, Chimboya, Chumpi, Ambroca, y el glaciar de Quelccaya, ubicados en la Cordillera de Vilcanota.

Al Sur del Imperio

Al día siguiente, muy temprano, dejamos atrás el ‘ombligo del mundo’, y pusimos rumbo al sur en compañía del ingeniero Porfirio Zegarra, especialista forestal de ACCA (Asociación para la Conservación de la Cuenca Amazónica), y de Leoncio Luna, “hijo del Ausangate”, fotógrafo y conocedor de la zona por ser natural de Ocongate.

Nuestra primera parada fue en Cusipata para desayunar un contundente caldo de gallina, sin tallarines, pero con moraya y yuca como se acostumbra en estos lares. Ricardo, que venía golpeado por una enfermedad y aconsejado de regular su dieta en altura, remarcó que “a partir de ahora pura fruta nomás”. Casi inmediatamente asomó Checacupe, con sus puentes inca y colonial y un templo inmenso, Inmaculada Concepción, cuya construcción –sobre un tambo incaico- se inició en 1575. De ahí nos tomó un suspiro arribar al poblado de Pitumarca, en cuya plaza se erige la iglesia de San Miguel, por cuyos notables murales fue declarado patrimonio cultural de la nación el 2016.

Viajar sin dañar el medioambiente Foto: Rolly Valdvia

En Checacupe, Canchis, hay tres puentes : una es de la época inca, la otra del periodo colonial y el tercero es republicano. Foto: Gunther Félix

Obviamente, estos admirables templos revelan que esta región fue un importante lugar de evangelización. Finalmente, una carretera afirmada nos condujo al pie de Machupitumarca. Trepamos entre árboles de queuña, flores de la cantuta, y sorteamos muchos andenes antes de arribar a esta imponente ciudadela inca. Las ruinas se despliegan sutilmente sobre el filo de una colina. Tiene portadas de excelente factura, bien modulados escalones, y una vista excelente de los bosques de eucalipto a ambos lados de este valle que nace en la Cordillera de Vilcanota. En un momento, nos percatamos que en la parte alta hay una cruz, de cara a los Apus. 

Quelccaya de lejos 

Foto: Leoncio Luna

Después de almorzar una estupenda trucha con papas nativas (Ricardo había olvidado el régimen de frutas), nos dirigimos al cañón de Ananiso: una colosal garganta que se extiende por 4 Kms en la provincia de Canchis. Al fondo, se ve un hilo plateado, es el río Ananiso que se abre paso entre impresionantes farallones rocosos. En su base, hay cuevas con enigmáticas pinturas rupestres en sus paredes. Todo el escenario es de una belleza sobrecogedora.

Continuamos la ruta, y las sombras eran cada vez más largas, cuando Leoncio paró la camioneta en seco. Había visto al patito de los torrentes, un ave tan bella como esquiva que, como su nombre lo indica, trepa por las cascadas como si fuera un salmón. Haciendo honor a su fama, el dichoso patito se hizo humo antes de poder ver aunque sea una de sus plumas.

Foto: Walter Wust

La noche nos cayó de pronto en una extensa pampa. En lontananza se podía apreciar el manto níveo del Quelccaya, 5600 msnm. El tenue brillo de la Luna le daba al glaciar (el más extenso del mundo en los trópicos) un resplandor azulado, fantasmagórico. Volvimos al valle de Vilcanota, específicamente a la ciudad de Sicuani, bajo un sudario de estrellas.

Sibinacocha y Phinaya

Laguna sibinacocha. Foto: ACCA

Volvemos al inefable inicio de nuestro relato, esa mañana gloriosa en las alturas de Santa Bárbara, cuando nos topamos cara a cara con los nevados más majestuosos del Cusco. A partir de allí toda la experiencia fue real maravillosa. Primero con la joya acuática de la zona: la laguna Sibinacocha, 4800 msnm, de origen glaciar, y de colores inverosímiles que se pierden en el horizonte, poblada por patos, cormoranes y flamencos, que sería el sueño para los aficionados a la pesca, y de deportistas que practican el kayak y el paddle.

Finalmente apareció Phinaya, apenas una veintena de casas agrupadas bajo el cerro Sacsayhuamán, su venerado Apu, en cuya cima se levanta una cruz verde. Phinaya es también una frontera, al traspasar sus límites se ingresa al terreno de la fantasía. Un territorio donde el hombre es un invitado pasajero en medio de miles de alpacas y centenares de vicuñas y vizcachas que cruzan inadvertidamente frente a nuestra mirada, mientras atravesamos riachuelos, bofedales y pasturas, hasta que la carretera adelgaza hasta esfumarse del todo.

El Milagro del Hielo 

Foto: Domingo Atao

Había llegado el momento de caminar para acercarnos lo más posible a nuestro más preciado objeto de deseo: el portentoso glaciar de Quelccaya, que el día anterior habíamos divisado de lejos, y ahora pretendíamos que esté al alcance de nuestras manos. Casi lo logramos. Pero teníamos un irreversible compromiso en el Cusco que nos lo impidió. “Si hubieran venido hace 5 años ya estarían pisando nieve”, nos dijo la señora Yolanda Quispe, la única persona que encontramos en estas soledades. Y es verdad, porque el Quelccaya se está retirando 60 metros por año. 

Pero llegamos tan cerca que en nuestros ojos se reflejó el milagro del hielo. Aunque solo fue un suspiro de tiempo, pareció eterno. El glaciar parecía imperturbable, inmóvil, pero está en movimiento, se desliza, se contrae, se derrite. Es un organismo físicamente vivo. Si uno escucha atentamente, puede escucharlo quejarse. Pensándolo bien, fue una experiencia paranormal. Más que turismo de aventura, esto podría denominarse turismo místico.

Foto: Flor Ruiz

De regreso, la temperatura descendía de manera perceptible y el viento afilaba el granizo que caía sin piedad. Al final pudimos pisar nieve igual, aunque sea encima de la camioneta. Ahora además de innumerables vicuñas y alpacas, observamos también llamas y guanacos. Todas cubiertas de un manto blanco, casi invisibles.

Pasamos el abra de Jahuaycate, y descendíamos a tierras de clima más amable, cuando de improviso Leoncio pisó el freno. Bajó con la cámara en ristre. Todos bajamos. Allí, sobre una piedra, imperturbable, lucía el patito de los torrentes. Fue un instante también, luego desapareció. En Ausangate hay que paladear los instantes. Leoncio nos enseñó la foto del patito. Sonrió, todos sonreímos.


Escrito por

Revista Rumbos

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